Con motivo del viaje de luna de miel, después de mi boda -sí, me he casado recientemente- aproveché la ocasión para bucear en aguas de Bora Bora y Taha'a, en la Polinesia Francesa. No podía dejar escapar la oportunidad, después de tan largo viaje.
La experiencia merece la pena: aguas cristalinas y calientes (28ºC), repletas de vida; miles de peces en los arrecifes de coral, pelágicos, tortugas, rayas y tiburones, amenizan unas inmersiones poco complicadas, ideales para un novato como yo.
Sin embargo, lo que para cualquiera es una experiencia apasionante y divertida, para mi -no soy de los más valientes...- suponía un reto importante: enfrentarme cara a cara con mis miedos irracionales y profundamente arraigados, sin motivo alguno, desde la infancia. La culpa, supongo, es de Spielberg y su famoso "Tiburón" (Jaws, 1975), por culpar a algo o a alguien, si bien es posible que sea simplemente una fobia más...
Un signo claro de la irracionalidad de mis miedos es que, ya desde niño, procuraba, cuando chapoteaba en aguas de la Costa Brava -conocida por sus grandes depredadores...-, que hubiera algún pobre e incauto inocente chapoteando más fuerte y más alejado que yo de la seguridad de la orilla. Iluso y poco solidario, pensaba que aquél sería el primero en caer en las fauces del gran depredador oportunista que nos acechaba, y mientras era devorado a mi me daría tiempo a escapar indemne... desdeñable y poco heroica actitud, la mía; lo sé.
Con el paso de los años, lejos de mejorar, seguía sin llevar demasiado bien el hecho de saltar al agua desde un barco fondeado o incluso, como últimamente, alejarme a nado lejos de la costa en aguas de Canarias. De hecho, no hace tanto fui protagonista de una pequeña aventura. La hazaña consistió en acompañar a unos amigos en una plácida jornada de canoas... la mía se hundió. Y me quedé a merced de las olas, más lejos de la costa de lo deseable y sin chaleco salvavidas. Mis amigos se las vieron y desearon para remolcarme hasta la costa. Mientras pateaba intentando ayudar algo a mi heroico y sufridor remolcador... sentí otra vez esa incómoda sensación.
Así, cuando me planteé la posibilidad de iniciarme en el submarinismo, tuve también pensamientos impuros con respecto a esos viejos temores. Debo decir que ese cierto temor y ligera ansiedad que siento en las situaciones descritas con anterioridad, mejoran sensiblemente al ponerme la máscara (las gafas de buceo) y echar un vistazo ahí abajo. El hecho de ver lo que hay bajo mis pies me tranquiliza... Bueno, supongo que al igual que el miedo del que hablo es algo irracional e infundado, la "solución" que lo mitiga también puede serlo.
Volviendo a la Polinesia, la prueba de fuego y terapia de choque, y otra vez como muestra clara de que mis miedos seguían ahí, después de haber preguntado en mi mal francés - y también en inglés, por si acaso- no menos de 10 veces si eran peligrosos o agresivos los escualos, inicialmente sólo contraté una única inmersión, no fuera a ser que la experiencia resultara traumática o mortal... un hombre práctico y previsor, pienso ahora.
Y como un mal presagio, estando con el barco de buceo fondeados en el lugar, mientras el guía daba el briefing previo a la inmersión, bromeó y dijo:
- "al lanzaros al agua -de espaldas- vigilad no vayáis a caer encima de un tiburón...jejeje", momento en el que ilustró su broma señalando dos siluetas que se paseaban a ras de superficie al lado del barco. Para colmo de malos augurios y clara muestra de la crueldad sin límites de la que hacía gala el guía, éste me mira a los ojos y dice: -"tú serás el primero en saltar al agua, y te quedas en la superficie esperando al resto del grupo...".
Me quedé estupefacto y pensé: es el fin. Terapia de choque, a lo bestia, sin anestesia ni lubricante... El caso es que me dejé caer, resignado a mi destino fatal; eso sí, con mi máscara enfundada y lista para meter la cabeza ahí abajo y vigilar a los amenazantes depredadores, ávidos de sangre fresca de buceador cobarde... Esto fue lo que pude ver... y fotografiar:
No impresiona mucho, pero al poco rato y sin moverme del costado del barco, esperando a que saltaran el resto de valientes, otros eran los que se movían raudos y veloces... Esto fue lo siguiente que pude fotografiar:
Bueno, en honor a la verdad debo decir que eran un par, que luego fueron tres, cuatro y hasta cinco pequeños e inofensivos tiburones de puntas negras... pero tiburones al fin y al cabo. Una vez todos los buceadores en el agua, ya me sentía más seguro en medio de la multitud -éramos cinco-, cual ñu cruzando el Serengueti camuflado en la seguridad de la manada. Mientras transcurría la inmersión, me fui acostumbrando a la presencia de los curiosos escualos y empecé a sentir la euforia del vencedor, pensando que lo había logrado por fin; lo había superado, ¡me había curado!
La segunda inmersión del día, una vez contratada, pretendía ser la confirmación de tan milagrosa cura. Íbamos a bucear con tiburones limón; más grandes -mucho más grandes- y más curiosos... que los pequeños black-tipped. Y así fue, ahí estaba rodeado de tiburones de tamaño más que respetable y muy muy curiosos. Tan curiosos que pude hacer estas fotos (sin zoom):
Estaba orgulloso de mi hazaña, no por el hecho en sí -no es ninguna heroicidad-, pero sí por haber vencido a uno de mis viejos temores, por haberme superado y por sentirme más vivo. Debo confesar que, a pesar de haberlo afrontado y aparentemente superado con éxito, no terminé de sentirme cómodo en esa situación. De hecho lo confirmé al día siguiente, contratada una nueva inmersión, al repetir la hazaña esta vez sin la protección de la manada... era el único cliente ese día y pude "disfrutar" de una clase particular de buceo, con el guía cruel y con los curiosos tiburones que, ese día se acercaron más todavía. Lo dicho, lo hice pero curado del todo creo que no estoy... quizá necesite más sesiones de terapia.
Para terminar, os adjunto un enlace al video de aficionado que realicé de esas memorables jornadas de buceo al otro lado del mundo.
MI VIDEO (haz click aquí para verlo)
Un saludo y os animo a probarlo.
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