He decidido escribir este pequeño alegato, aún a pesar de que ya es demasiado tarde pues el colectivo profesional al que orgulloso estoy de pertenecer, ha sufrido un linchamiento público, sin precedentes y sin que haya precedido provocación alguna, en forma de difamaciones furibundas, medias verdades, medias mentiras y mentiras completas, en una malintencionada campaña sin parangón alguno orquestada por ese Ministro y sus cómplices.
De repente, la opinión pública, maliciosamente dirigida, ha encontrado al culpable de todos los problemas; el culpable de la crisis, del déficit del Estado, de los mileuristas, del déficit de Aena, de los retrasos en los aeropuertos, de las nevadas, de los apagones: los controladores aéreos.
Ha sido como una gran explosión, pero no ha sido algo fortuito o accidental. Es una explosión controlada, de esas que se utilizan para demoler viejos edificios para construir otros nuevos más rentables en el solar. Una explosión para derrocar a los irreductibles controladores aéreos.
En realidad, el origen del problema es algo muy propio de este país: la incompetencia. El combustible, también muy propio de este país: la envidia. El oxígeno necesario para la combustión: la ignorancia y la imbecilidad.
Ya que se ha abierto la veda, nada más y nada menos que desde el ministerio, voy a hablaros sin rubor de mi sueldo. El año pasado me embolsé la friolera de algo menos de 150.000 € brutos (sí, hay que aclarar si se habla de sueldo bruto o neto, sobretodo si las retenciones a cuenta de IRPF son de más del 39%). Efectivamente, es un elevado sueldo a pesar de todo, quizá para algunos escandaloso, pero dista mucho, muchísimo de las cifras lanzadas por el ministro. Dista incluso del valor medio al que pretende bajar nuestros sueldos (200.000 €, brutos supongo) mediante un decretazo, todo parece indicar. Bueno, yo me apunto a esa "bajada"...
Se habla continuamente de nuestra baja productividad y elevadísimo coste, en comparación con nuestros colegas europeos. Pero la realidad es que, con los datos conocidos y fácilmente consultables, las cuentas varían mucho en función de quien las hace. No voy a entrar en detalles, pero esas cuentas son fácilmente auditables y puedo asegurar también que muy refutables.
Se habla mucho del coste desorbitado de las horas extras que, por cierto, son las responsables de que mi sueldo, y el de mis colegas pueda parecer o sea desorbitado. Pero olvidamos que el precio que se paga por dichas horas extras son fruto del convenio colectivo y de acuerdos firmados. ¿Y ahora se escandalizan los mismos que han negociado y firmado dichos acuerdos? Si son necesarias esas horas extras, será porque no se cubren los servicios con la jornada ordinaria. Ahora, pretenden ahorrar a toda costa. A costa de nombrar un número menor de controladores que los realmente necesarios, lo que genera demoras por falta de capacidad en los sectores de control. A eso, los que han generado el problema, lo llaman huelga encubierta.
Debo decir que esta vez han sido hábiles y no hacen justicia a su habitual incompetencia e imbecilidad. Se han adelantado. Es como apagar un gran incendio con otro más pequeño y “controlado”. Me explico: el gran incendio sería la huelga, en toda regla y cargada de razón, que mi colectivo debería estar protagonizando a estas alturas. El pequeño incendio provocado y “controlado” para extinguir el gran incendio es esta campaña difamatoria en la que, entre otras lindezas se nos acusa de hacer huelga encubierta, llegando hasta los extremos más insospechados de la imbecilidad de la que os hablaba antes, cuando casi se nos acusa en algunos medios de “poner la niebla” en Barajas, o del apagón que sufrió hace pocos días el Centro de Control de Tránsito Aéreo de Canarias. Referente a esto último, la gente y los periódicos deberían preguntarse cómo es posible que un moderno Centro de Control quede inoperativo por un simple fallo eléctrico… dónde están los medios redundantes, los sistemas a prueba de fallos y, sobretodo, ¿dónde están los Gestores responsables?
De hecho, he dejado de comprar periódicos. Sólo hay que conocer un tema a fondo para darte cuenta de la cantidad de basura que llena las páginas de los diarios. Como soy de ciencias, y aunque no era muy bueno en matemáticas, viendo el poco rigor y las estupideces que se han escrito sobre el tema de los controladores aéreos, he hecho una simple extrapolación que me ha llevado a la sencilla conclusión de que es mejor ahorrarse el euro y pico que cuestan esos panfletos, a pesar de que, por mis elevados ingresos, me lo podría permitir. Otra vez, el contenido de los periódicos, salvo escasas y honrosas excepciones, es el resultado de una terrible combinación de incompetencia, imbecilidad, ignorancia y servilismos ciegos e incondicionales… Insisto, hagan ustedes ese ejercicio aplicado a cualquier tema del que sepan algo más que el común de los mortales.
Volvamos a las cuentas, a rebatir las falsedades. No soy un experto economista, pero a veces, la "cuenta de la vieja" funciona, incluso en los contextos más complejos que pueda uno evaluar. Yo trabajo en una pequeña torre de control (porque hay torres de control y centros de control), de las que llaman de Grupo 8. Somos 8 controladores en plantilla. No conozco con detalle los sueldos de mis compañeros de dependencia. Me consta, sin embargo, que los hay más altos y más bajos que el mío, pero la media real no estará muy alejada de los algo menos de 150.000 € brutos al año por controlador. Por tanto, el coste anual en cuanto a los salarios de los controladores aéreos de mi torre de control es de 8x150.000 €= 1.200.000 € anuales. Casualmente, el aeropuerto al que se presta el servicio de control, mueve poco menos de 1.200.000 pasajeros por año (datos de 2008, los últimos disponibles en aena.es). Por tanto, el coste del servicio de control aéreo que se presta en este aeropuerto es de poco más de un euro por pasajero; ¡un cochino euro por pasajero para pagar a ese colectivo maligno de malditos multimillonarios sin escrúpulos! al que, insisto, estoy muy orgulloso de pertenecer, pues tanto esfuerzo me costó y ayuda de nadie recibí.
Entonces ¿cuál es el origen de los números rojos de Aena? Evidentemente, por mucha ingeniería contable que se haga, el gran problema de Aena son sus ruinosas inversiones, tanto mega-aeropuertos y terminales (T4 de Barajas o la T1 de BCN) como pequeños aeropuertos locales. A ello, habría que añadir que Aena es a quien obligan siempre a "bailar con la más fea". Me explico con un pequeño ejemplo: el ministerio de defensa necesita financiación, Aena es la solución... Y dicho ministerio, no es precisamente de las más feas del baile, o la única fea… Hay más y más feas aún: asistencias técnicas millonarias contratadas en exclusiva con Ineco o Isdefe, por ejemplo, dos empresas “pseudo-públicas” que se expanden y ganan dinero a espuertas a costa y en detrimento de las cuentas, la actividad y el control de Aena.
Bueno, al final todo queda en casa, puesto que como he dicho, Ineco (empresa integrada en el Grupo del Ministerio de Fomento a través de la titularidad de sus acciones) e Isdefe (depende de la Secretaría de Estado de Defensa y cuenta con un Consejo de Administración formado por Consejeros pertenecientes al Ministerio de Defensa, Ministerio de Fomento y Ministerio de Economía y Hacienda) son de titularidad pública. Lo malo son todas aquellas “derramas” en forma de dividendos y resto de costes que se quedan por el camino… Los consejeros no aconsejan gratis.
Aena es una nave que se hunde, y se hunde sin remedio. Cuanto menos, resulta curioso que una nave se hunda por culpa de sus remeros, como pretenden el Timonel, el Navegante y el Capitán. Los controladores, aunque cualificados y bien pagados, somos remeros.
Nos acusan a nosotros, a los remeros, de ser culpables; porque cobramos mucho, porque remamos mucho y porque nos organizamos los turnos de trabajo y las vacaciones. Pero el hecho es que no dejamos nunca de remar y lo hacemos bien. Y si remamos mucho y si se nos paga bien por ello es porque sabemos remar y porque hay pocos que sepan remar; y se nos envidia por ello. Y hay que hacer más turnos y remar a dos manos porque somos pocos. Podría haber más remeros remando, pero el Capitán no ha querido contratar más. Y en lugar de racionalizar la plantilla, no le ha importado pagar más y más horas extras al precio que fuera, con tal de que la nave avanzara. Y mientras el viento era favorable, las velas hinchadas han ayudado a la nave a avanzar.
Pero ahora el viento ha parado y la nave no avanza como antes, porque donde debería haber tres remeros hay uno solo. Y hay corriente. Además, los buenos remos empiezan a sustituirse por otros de menor coste y peor calidad, que pueden romper. La nave no avanza y empieza a estar a merced de las corrientes. Esperemos que no se rompan los remos de los pocos remeros que quedamos. El Capitán, frustrado, manda fustigar a los pocos remeros a golpe de látigo. Amenaza con reducir la ración de comida y ron. Y con menos comida y menos ron, se hace más difícil remar. Mientras el tirano Capitán blasfema y culpa a sus remeros de la desdicha de su nave, el Navegante, que lleva tiempo perdido y desorientado, ordena inútiles golpes de timón en la dirección equivocada al endeble Timonel.
Pero, a pesar de todo, contra viento y marea, los remeros seguimos remando y callamos, porque es inútil enfrentarse al Capitán, un aristócrata cegado que desoye cualquier indicación o ayuda de parte de sus subordinados. Si alzamos la voz, nos fustiga más, si no damos a basto remando o se rompen los remos, nos culpa de que la nave no avanza y el navegante nos culpa de la deriva que producen la corriente, la falta de viento y su ineptitud. Los remeros hacen huelga encubierta, aseguran malévolamente. El desdichado Timonel era antes un remero, uno de los nuestros. Pero engañado por el Navegante, fue propuesto al Capitán como nuevo timonel, en sustitución de otro timonel que osó contradecir al navegante.
Se esperan vientos favorables, pero la nave no tiene arreglo porque hace aguas, su casco tiene osmosis y muchas algas y caracolillo que dificultan su avance, porque no se han limpiado desde hace ya tiempo por el dichoso e irreflexivo ahorro de costes. Y es que el ahorro de costes se hace siempre de forma precipitada y en aquello que se cree superfluo o prescindible (como limpiar el caracolillo del casco, mantener las velas en buen estado y proveer de buenos remos a los remeros y mantener a éstos en la mejor forma posible).
Pero a pesar de los vientos favorables que se esperan en un futuro no muy lejano y por mucho que rememos los remeros, con ese inepto Capitán, Navegante incompetente y sumiso Timonel, la nave Aena no llegará a buen puerto.
Los propietarios de la nave y el propio Capitán (accionista mayoritario), quieren vender la nave, sin mucho éxito. El Capitán achaca su poco atractivo al elevado salario de los remeros, que hacen a la nave poco competitiva, dice. Salario que, por otra parte, han acordado siempre propietarios, Capitán y remeros. Nada que ver tienen el estado de podredumbre de las velas, el caracolillo y algas del casco, la osmosis, y los remos baratos que se rompen. Los nuevos interesados, comerciantes locales y localistas, creían pujar por una moderna nave llena de posibilidades y potencial para comerciar allén de los mares… pero, decepcionados, observan que es un puñado de madera podrida que a penas se sostiene a flote, a pesar de que los remeros seguimos remando sin cesar. Poco les importa en realidad el problema de los remeros, a pesar de que el Capitán insiste en que tienen la culpa del mal estado de la nave.
Rememos compañeros, contra viento y marea, a pesar de este u otro inepto Capitán, a pesar de este u otro incompetente Navegante y el sumiso Timonel de turno. Si la nave se hunde, pretenderán que sea culpa nuestra; pero nosotros sabemos que, digan lo que digan, difícilmente se hunde una nave por culpa de sus remeros. Quizá algún día tengamos suerte con el Capitán, el Navegante y el Timonel. Con buenos remos, viento favorable y un barco bien mantenido podremos llegar a buen puerto, antes y mejor incluso que otras naves... haciendo lo que nos gusta, lo que sabemos hacer y hacemos bien... remando como nadie.
Un Holandés Errante